Semana Santa a través del tiempo: así disfrutábamos las vacaciones el siglo pasado

vacaciones de semana santa

Cuando México logró encontrar un poco de estabilidad después de la Revolución, fue urgente poner al país en el camino del crecimiento. La enorme belleza natural con la que contamos se volvió el principal atractivo turístico y el sector estratégico a desarrollar. Las vacaciones de Semana Santa embonaron como anillo al dedo en este proceso.

Aprovechar lo que la naturaleza nos dio

A comienzos de los años 30, las principales costas fueron convirtiéndose poco a poco en polos de atracción para los mexicanos, mismos que estaban ansiosos por despejarse de los problemas del día a día y de la ciudad. El desarrollo turístico explotó rápidamente, destacando entre ellos el puerto de Acapulco.

Para la década de los 40 las costas ya habían cobrado cierta fama nacional y comenzaban a colocarse dentro del gusto de los turistas extranjeros.

El desarrollo que vivieron fue acelerado. Según informa el periódico El Universal, el ayuntamiento de Acapulco y el gobernador Adrián Castrejón llegaron a regalar terrenos para construir hoteles y así incentivar el crecimiento.

Se comenzaron a abrir las principales vías de comunicación, carreteras y aeropuertos, para lograr atraer al mayor número de turistas. Fue entonces cuando Acapulco se volvió la joya de la corona.

Pretexto para irse de vacaciones

Según la creencia, los días en los que transcurre la Semana Mayor deben ser usados para la reflexión. Sin embargo, estas fechas han sido usadas también para el descanso y la diversión que sólo las vacaciones en plena primavera pueden dar, más en los paraísos de los que disponemos.

Y no es para menos, hasta ‘El Chavo del 8’ se nos iba de vacaciones.

En la década de los 50 y 60 Acapulco atrajo todas las miradas del turismo nacional, en parte por su belleza, por sus cálidas aguas, su desarrollo hotelero, su buena comida y, sobre todo, la cercanía y fácil acceso desde la Ciudad de México.

Era el Acapulco dorado y casi inalcanzable para el mexicano de a pie.

Pero todo fue cambiando poco a poco. En la década de los 70 se comenzaron a ofertar nuevos planes que permitían a las familias con menos alcance económico disfrutar de las paradisíacas playas.

Las agencias de viaje se peleaban por lograr tener el mejor paquete, con los mejores y más lujosos hoteles, al mejor precio y con la mayor facilidad de pago. Por ejemplo, la cadena hotelera Fiesta Americana ofertaba habitaciones en Acapulco desde 129 pesos diarios.

La oferta te incluía un cocktail de bienvenida y alojamiento gratuito para niños menores de 12 años, 25% de descuento en canchas de tenis y squash y hasta facilidades para hacer uso del campo de golf. ¿Qué más querías?

Vacacionistas batallando desde tiempos inmemorables

¿Que si la estrategia les funcionaba? Pues hay que contarte que el problema de la capacidad del aeropuerto de la Ciudad de México para esas fechas ya era una realidad. Venían las vacaciones de Semana Santa y con ellas la multitud corría al aeropuerto.

Los pasillos se abarrotaban y los empujones comenzaron a volverse habituales antes de abordar un vuelo. Ante la lucha por conseguir un asiento, la respuesta era casi unánime: “No hay lugares”.

Los que más sufrían esta situación eran los empleados de las aerolíneas, quienes tenían que aguantar suplicas y hasta amenazas de usuarios desesperados por conseguir un vuelo. Por eso pedir “ride” era una opción que varios se tomaban con seriedad.

Durante las vacaciones de Semana Santa el capitalino se llevaba consigo los peores hábitos de la ciudad, principalmente ese habito tan feo que tenemos de amontonarnos y saturar todos los lugares, sin dejar un mínimo espacio para la tranquilidad, volviendo de cualquier paraíso un auténtico hormiguero.

La ciudad en vacaciones de Semana Santa

Durante la Semana Mayor, la Ciudad de México se transforma en “pueblo quieto” y el pueblo mágico más tranquilo se vuelve por un par de días una extensión de la Ciudad de México. Filas, basura, caos, puestos por donde quiera y tumultos en todos los atractivos turísticos se vuelven imágenes cotidianas.

Es hasta que el chilango se regresa a su casa que vuelve con la tranquilidad a las playas.

 

Esta escena no es nueva, el mexicano se las ingeniaba para irse “aunque sea unos días” a tomar el Sol, “nomás aquí a la vuelta”. Si era preciso se podía hasta empeñar la televisión y las mejores joyas con tal de disfrutar de unos días en Acapulquito.

vacaciones de semana santa

Si de plano la economía no daba para más, Chapultepec se volvía el lugar ideal para pasar los días santos.

Un paseo por el zoológico o una visita al Castillo, con tortas preparadas desde la casa para ahorrar. Una vuelta remando en lancha y era todo lo que hacía falta para unas vacaciones inolvidables.

Y claro, desde aquellos años ya se decía el famoso “yo me quedo a disfrutar de la ciudad” como una forma de ocultar que no podíamos salir de vacaciones. ¡Ay mi pobreza!

Sin duda quien más descansa es nuestra amada Ciudad de México. Hasta parece que las vacaciones no son para nosotros, sino para ella.

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