Quema de judas: la tradición más prendida de Semana Santa

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En muchos lugares de México la gente se reúne cada Sábado de Gloria o Domingo de Resurrección para ver arder a los llamados “judas”, monigotes de cartón que representan al mal y que reciben su nombre de Judas Iscariote, apóstol que traicionó a Cristo según la Biblia.

Judas: arte, pirotecnia y diversión

La tradición de quemar tales figuras, casi siempre gigantescas y en un ambiente festivo, se ha mantenido viva durante décadas.

Antes, la quema de judas tenía lugar en los atrios de las iglesias. Posteriormente, la práctica salió a las calles alentada incluso por las autoridades gubernamentales.

En un principio, se utilizaban muñecos de paja y trapo y fue hasta después cuando se hicieron de cartón. Hoy en día, muchos judas son considerados como auténticas obras de arte.

Confeccionarlos no es fácil: se requieren días de trabajo, varias manos y, sobre todo, mucha imaginación.

Hay de todos los tamaños: chicos, medianos, grandes y monumentales. Dependiendo del pedido, pueden llegar a medir hasta diez metros de altura.

El arte de ‘quemar’ a los políticos

Los judas tradicionales son los que tienen forma de diablo y de calavera. Sin embargo, cada año se fabrican modelos de personajes a los que una parte del pueblo considera como traidores.

En 1985 por ejemplo, miles de personas se congregaron en la Plaza de Santo Domingo de la Ciudad de México para vengarse burlonamente de Arturo ‘el Negro’ Durazo, ex jefe de la policía capitalina y famoso por sus actos de corrupción.

Durante los años 90, no podían faltar los judas que asemejaban la figura del expresidente Carlos Salinas de Gortari.

En 2002 fueron juzgados los muñecos con la imagen de Osama Bin Laden, de Fidel Castro, del panista Jorge Castañeda y hasta del entonces presidente de México, Vicente Fox.

Cinco años más tarde, el entonces jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, tuvo el honor de ser incinerado en forma de judas por vecinos de Tepito y de Peralvillo (esto debido a las expropiaciones en el ‘Barrio Bravo’).

Pasan los años, políticos van y vienen, pero la tradición de pasar por la hoguera inquisitorial a los poderosos permanece hasta nuestros días.

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