“Saltapatrás” y otras palabras racistas que eran “correctas” en la Nueva España

La Conquista de México y la colonización española tuvieron efectos y uno de ellos fue el mestizaje. La mezcla de razas entre europeos, indígenas y africanos dio lugar al sistema de castas, es decir, a una clasificación de las personas basada en el color de piel.

Dicha distinción determinaba el lugar que cada quien debía tener en la pirámide social. En la cúspide se encontraban los españoles, los cuales eran dueños de tierras y acaparaban los principales cargos de la administración, la Iglesia y el ejército. A partir de ahí, la escala social iba bajando a medida que se oscurecía la tonalidad del cutis.

Una sociedad pigmentocrática

Incluso entre blancos había discriminación, pues los peninsulares (los nacidos en España) tenían mejores puestos que los criollos (los nacidos en América). De ahí que los primeros fueran conocidos despectivamente como “gachupines”.

Los indígenas se encontraban muy por debajo de los peninsulares y los criollos, pues estaban sometidos a leyes que los condenaban a ser “menores de edad” y tenían que pagar un tributo a la Corona. Solamente una parte de ellos poseía tierras en común; el resto trabajaba en minas, haciendas y obrajes.

En el fondo del sistema estaban los negros, los cuales eran obligados a trabajar como esclavos en minas, haciendas azucareras y ciudades.

Los mestizos (descendientes de padre español y madre indígena o viceversa) se situaban en medio, pues no pagaban tributo como los indígenas ni eran esclavos como los negros, pero tampoco eran privilegiados como los españoles. A menos que demostraran ser hijos legítimos, tenían prohibido obtener grados universitarios y acceder a las órdenes religiosas.

Los mulatos (descendientes de padre español y madre negra o viceversa) tenían las mismas prohibiciones que los mestizos e incluso más, pues no podían montar a caballo ni andar por las calles durante la noche.

Por su parte, los vástagos de padre negro y madre indígena o viceversa eran conocidos como chinos cambujos, tal y como se puede ver en uno de los cuadros del artista novohispano Miguel Cabrera:

Nombres ofensivos

La mayoría de los nombres fueron puestos por individuos de tez clara. De ahí que tuvieran su buena dosis de humor y menosprecio. Por ejemplo, “saltapatrás” o “tornatrás” indicaban que en vez de avanzar hacia el blanqueamiento de la piel, se retrocedía hacia el oscurecimiento de la misma.

“Ahí te estás” y “tente en el aire” querían decir que no había avance hacia la ascendencia blanca ni regresión hacia la sangre de quienes eran considerados como inferiores.

Las mezclas fueron tan complejas que dieron lugar a nombres como “no te entiendo”, el cual era producto de un tente en el aire y de una mulata. Otros muy peculiares eran “zambo”, “cuarterón”, “genízaro” y “calpamulato”. No faltaban las castas inspiradas en animales, tales como “lobo” y “coyote”.

La pintura de castas

Con esta sociedad pigmentocrática nació también la pintura de castas, un fenómeno artístico que tuvo como exponentes a pintores de la talla de Miguel Cabrera, José de Páez y José de Alcíbar.

La pintura de castas no solamente servía para representar los colores de piel que componían la sociedad novohispana, sino también para sugerir los temperamentos de las castas. Por ejemplo, las mujeres de ascendencia africana llegaron a ser representadas con un temperamento de fuego.

¿Ya no existen las castas?

La Independencia de México puso fin al sistema de castas y si bien no ha habido conflictos raciales tan fuertes como en Estados Unidos (por poner un ejemplo), el racismo está presente cada vez que palabras como “indio” y “negro” son usadas a modo de insulto.

Además, estudios han revelado que, hasta la fecha, el color de la piel es el primer factor de discriminación en el mercado laboral mexicano. LA-MEN-TA-BLE.

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